La antigua guarida de mochileros de Riyue Bay lucha por conservar su espíritu mientras pone orden en uno de los rincones más “hippies” del país
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La Mirada del Corresponsal Un paseo por Haidian: la fábrica de las élites chinas
Pasada la medianoche, tras una última ronda de fuegos artificiales, un chaval sin camiseta, con rastas hasta los hombros y una cerveza en la mano, baila reggae mientras esquiva una tabla de surf tumbada en medio de una terraza frente a la playa. En el garito de al lado hay un grupo de veinteañeros brindando con cócteles bajo luces de neón. A pocos metros, unas chicas se hacen selfies frente a una furgoneta Volkswagen reconvertida en un bar.
Bienvenidos a Riyue Bay, un pequeño rincón tropical de la isla china de Hainan que durante años fue refugio de mochileros, hippies y buscavidas y que ahora descubre las consecuencias de haberse puesto de moda.
La noche en esta pequeña Ibiza china gira alrededor de una calle paralela al mar donde prácticamente cada fachada parece competir por llamar la atención. Cafeterías, bares de cócteles, restaurantes, tiendas de surf, pequeños hostales, grafitis y tablas clavadas en las paredes.
En un local se escucha reggaeton; en el siguiente, electrónica; unos metros más adelante hay una fiesta con pop chino de fondo. Frente a las terrazas pasan jóvenes llegados de grandes ciudades como Shanghai, Pekín o Shenzhen que visten con esa estudiada informalidad que cuesta bastante dinero: camisetas oversized, gorras de marcas surferas, sandalias de diseño y tablas recién estrenadas.
Una fiesta de música tecno en Riyue Bay.
Riyue Bay conserva algo insólito para China. Aquí uno puede caminar descalzo por la calle, entrar todavía mojado en un bar después de surfear y pasar horas sentado frente al mar. En un país obsesionado con la productividad, los horarios y la competición, esa indolencia casi constituye una pequeña rebelión.
Pero los veteranos del lugar aseguran que la verdadera rebeldía murió hace tiempo. “Antes esto esto era mucho más divertido y auténtico”, cuenta Jay, un cuarentón que lleva 20 años surfeando en Riyue Bay. Habla de una época no muy lejana -poco antes de la pandemia- en la que este rincón de la costa este de Hainan era sobre todo territorio de mochileros. Había fiestas improvisadas, alojamientos muy baratos y mucha menos vigilancia.
“Hasta era fácil encontrar marihuana”, recuerda Jay. Aquello contribuía a alimentar la fama de una pequeña burbuja permisiva y bohemia lejos de la disciplinada China continental. “Esto era un pueblo de pescadores y de hippies”, bromea.
Ese relato pertenece ya a otra Riyue Bay. La popularidad en las redes sociales chinas cambió el ecosistema. Primero llegaron los influencers. Después los inversores. Y finalmente las multitudes. Con ellos también aumentó la supervisión de los negocios y la vigilancia policial. Los controles son ahora mucho más visibles y quienes llevan años viviendo aquí coinciden en que determinadas diversiones ilegales se esfumaron.
Ahora la fauna nocturna también está cambiando. Quedan los clásicos surfistas quemados por el sol. Pero comparten barra con una nueva tribu: jóvenes urbanitas que llegan desde las grandes ciudades del continente buscando durante unos días una versión cuidadosamente empaquetada de la vida hippie. “Antes venías aquí porque querías surfear. Ahora muchos vienen porque quieren hacerse una foto diciendo que han venido a surfear”, resume Yang, otro de los habituales de la zona.
Turistas tomando algo en uno de los locales a pie de playa de Riyue Bay.
Turistas tomando algo en uno de los locales a pie de playa de Riyue Bay.EM
Muchos de los nuevos visitantes son universitarios o jóvenes que trabajan en finanzas, empresas tecnológicas o publicidad en Shanghai o Pekín. Pero llegan las vacaciones y se ponen una camisa tropical, alquilan una tabla y suben a Xiaohongshu -la red social de moda- una fotografía mirando al horizonte desde el agua. Este fenómeno resulta cada vez más habitual en el gigante asiático: cuando un lugar alternativo se pone de moda, quienes llegan atraídos por su autenticidad terminan contribuyendo a destruirla.
Las autoridades locales llevan tiempo tratando de potenciar el éxito turístico de Riyue Bay como la capital del surf de China. Wang Shisan, gerente del Riyue Bay Shaka Surf Club, explica que las playas disponen de más de 200 días al año aptos para surfear y que aquí se encuentra una base nacional de entrenamiento y se celebran competiciones. Y muy cerca se ha construido una piscina artificial de nivel olímpico capaz de fabricar 23 tipos de olas.
Avanzada la madrugada sigue la música en algunos locales. Un grupo sale tambaleándose de un bar mientras otro discute dónde continuar la juerga. Las luces de los garitos se reflejan sobre las tablas aparcadas junto a la calle. Al amanecer, antes de que todo se llene de turistas, Riyue Bay recupera algo de aquel viejo refugio. Solo están el mar y los surfistas más veteranos esperando una buena ola. Es probablemente el momento en el que más se parece al lugar del que todavía hablan con nostalgia quienes llegaron aquí antes de influencers y las excursiones organizadas.
Chen, un surfista que lleva años entrando al agua en esta bahía, recuerda cuando apenas había unos cuantos hostales baratos y pequeños negocios montados por gente que había llegado de otras provincias para vivir junto al mar. “Me da pena que el éxito desmedido de este lugar en las redes sociales haya cambiado por completo el perfil del visitante, sobre todo llegan muchos más turistas de fin de semana, jóvenes acomodados de las grandes ciudades y grupos que buscan reproducir las imágenes virales que han visto en redes”, asegura. A su juicio, Riyue Bay es hoy un lugar más limpio, organizado y próspero, pero también mucho más comercial. “Antes era una comunidad alternativa; ahora parece un parque temático”, añade.
Surfistas en la playa de Riyue Bay.EM
No todos comparten esa nostalgia. Para Zhu, un vecino de la zona, idealizar aquellos tiempos significa olvidar que detrás de la imagen romántica de un pueblo de surfistas también había familias con muy pocos recursos y escasas oportunidades para ganarse la vida más allá de la pesca.
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“La llegada masiva de turistas ha permitido que muchos residentes abran restaurantes, alquilen habitaciones, trabajen como instructores de surf o encuentren empleo en hoteles y comercios”, explica. “Es injusto pedir a los vecinos que renuncien al desarrollo para preservar el paraíso que encontraron los primeros mochileros”. Su argumento se podría resumir así: para quienes venían de vacaciones, la antigua Riyue Bay quizá era más auténtica; para muchos de quienes vivían allí, la nueva ofrece una vida mejor.
Riyue Bay se hizo famosa porque parecía escapar de la China de los centros comerciales idénticos, los falsos decorados y las inmensas urbanizaciones de rascacielos. Su atractivo estaba precisamente en el desorden. Ahora intenta conservar ese espíritu mientras elimina buena parte de aquello que lo hacía posible. Las autoridades quieren hippies, pero hippies que cumplan las normas. Quieren una cultura alternativa capaz de atraer a los jóvenes de Shanghai y Pekín, pero sin los excesos que acompañaron históricamente a enclaves similares en Bali, Goa o Ibiza.
Fuente:elmundo